Hace un año estaba atravesando una etapa de cambios medianamente forzados que me sacaron por completo de mi zona de confort. Llevaba ocho años trabajando como profesor en una universidad acreditada de mi ciudad, pero la sensación de estancamiento me venía agobiando desde hacía al menos tres.
Cada semestre me decía: “este es el último”, pero siempre pasaba algo que me hacía quedarme. Un aumento, una mejora en el ambiente laboral, mis estudiantes —que siempre me demostraron respeto e incluso admiración—, un negocio que no terminaba de despegar como esperaba… pero, sobre todo, la desconfianza en mí mismo. No saber si podía conseguir algo mejor y el miedo de arriesgarme.
Cabe mencionar que durante esos años emprendí más de una vez. Tuve un negocio sumamente exitoso que vendí en 2020, inicié otro que cerró dos años después y, además, monté una agencia boutique con un socio y amigo —también profesor— que atendíamos a media marcha. Nos generaba un ingreso adicional bastante interesante, pero al que nunca le dedicamos el 100% de nuestro tiempo ni atención.
Ese último año, las cosas ya se habían desgastado hasta el límite. Sufrí burnout. Me despertaba odiando la idea de tener que ir a la universidad y, siendo sincero, yo que siempre me había caracterizado por ser uno de los mejores profesores, ya no sentía ninguna motivación. Supongo que eso se notaba en clase y también lo percibían mis compañeros.
Busqué trabajo como quien no quiere la cosa en LinkedIn y en algunas convocatorias, pero sin una intención real de irme.
Lo manifesté a las directivas y hubo “paños tibios” para sobrellevar la situación, pero la verdad es que ya ni la universidad ni yo estábamos para seguirnos aguantando. Llegó fin de año y, aunque me habría gustado ser yo quien dejara todo tirado, fue la universidad la que me entregó una carta. Y lo hizo de la manera más baja que se me hubiera ocurrido: con una auxiliar en recepción, el último viernes del semestre, a las 5:50 p. m. Así, como cuando las formas también son un mensaje.
No me tomó por sorpresa. Lo esperaba y, puedo decirlo hoy sin drama, hasta lo deseaba. Pero no dejó de ser un golpe bajo. Ya me había hecho a la idea de otro semestre más y de que todo siguiera “normal” en mi vida. Pero simplemente pasó.
Claro, me habría gustado ser yo quien por fin cumpliera lo que tanto quería: renunciar y mandar todo a la mierda. Pero Dios no siempre obra como uno quiere, sino como uno necesita. Y así terminó mi ciclo como profesor… y terminaba —o empezaba— el año 2025.
Las dos primeras semanas fueron más difíciles de lo que me gustaría aceptar. Creo que la mente y el cuerpo se acostumbran con demasiada facilidad a cualquier rutina, y sacarlos de golpe de su zona de confort es un choque fuerte. Soñaba con el trabajo, pensaba en lo que hubiera podido hacer mejor o diferente.
Pero cuando la vida te pone en situaciones así, solo tienes dos opciones: echarte a llorar y sobrepensarlo todo, o sacudirte y tomar acción.
Afortunadamente, en mi caso, con el año viejo quemé esa larga etapa de mi vida. Empecé el año con proyectos nuevos, la mente clara, enfocada y, sobre todo, tranquilo. Hacía años no sentía tanta paz como en esos días desempleado. Y sí, tenía (tengo) familia, responsabilidades y obligaciones que atender, pero por alguna razón sabía que podía empezar de nuevo.
Y así fue.
Para no alargar más el cuento, lo que parecía ser el peor año de mi vida —y que hoy agradezco que haya pasado— se convirtió en un renacer personal, profesional y laboral. Al poco tiempo empecé a crear contenido para mi marca personal, algo que llevaba casi cinco años postergando. Retomé mi agencia de marketing con clientes a los que no había podido atender mientras trabajaba en la universidad. Emprendí un proyecto maravilloso que tambien tenia en stand-by durante años y que hoy está a punto de hacerse realidad, y conseguí el trabajo perfecto para mí, sin horarios ni oficinas. Incluso empecé clases de batería, un sueño que tenía desde niño… y hasta me compré una!
Hoy trabajo con empresas y negocios de todos los tamaños e industrias, asesorándolos en marketing y desarrollo de negocios. Gano mucho más, tengo más tiempo para mí y para mi familia y, sobre todo, estoy tranquilo y feliz.
Ah, y sobre la docencia… volví a las aulas, pero en mis términos. Hoy soy profesor hora cátedra en posgrados, en una de las universidades más importantes de Colombia, con presencia en todo el país.
Un año después quería hacer esta reflexión, no solo para mí. Tal vez alguien que la lea esté pasando por una situación similar. Y quiero dar fe de algo: todo mejora.
A veces no entendemos el porqué de las cosas y queremos tener todo bajo control, pero la vida —y Dios— se encargan, tarde o temprano, de poner todo en su lugar.
Escrito el 5 de enero de 2026 por @Fabian Burbano